Feliz Día del Padre

El Día del Padre, una de esas tiernas fechas del calendario. A día de hoy sobre todo, adorado y venerado por las tiendas. Atrás quedaron las manualidades con betún de Judea o Alkil de colegio. Pero es mucho más que un repunte en las compras para reavivar el comercio al final del primer trimestre del año, cuando la euforia de las rebajas ya se ha calmado.

Cuando hablas en pasado de Papá

¿Qué ocurre cuando ya no está? ¿Con quién hablas? ¿Con quién sientes? Los recuerdos, las risas, las aventuras siguen ahí. Pero solo son ecos de un pasado, fantasmas del ayer. Vestigios de un sentimiento, residuos de vida, de muerte. Porque ella, impertérrita no le importa esperar, aguarda agazapada. Paciente. Letal. Se lo lleva todo, sin dar opción, hay que ser muy valiente para mirarle a los ojos y decirle llévame. Ahora entiendo que lo duro no es ese momento, no es verdad, lo difícil es ser consciente de que desde ese momento ya solo serás un recuerdo, ya no habrá vida ni alma, solo existirán esos fragmentos, esos olores y esos sonidos que morirán cuando muera el último recuerdo. Afortunado Platón por tener más años que Matusalén, ¿afortunado? ¿Cuánto sentirá Platón de todo aquello que hablamos de él? Posiblemente poco, o nada. De Platón queda el nombre, ¿y de ti? De ti también: papá.

Feliz Día del Padre más Feliz del Mundo

Había una vez una niña, una niña que nació del amor. Pero no como nacen todos los niños, ella llegó fruto del anhelo, y cuando éstos deseos son puros y verdaderos, cuando son de corazón, se cumplen. Y así fue, como ella llegó, con la cigüeña, tal vez de París, tal vez no. Tal vez con el hipopótamo de Dodot. Tal vez no. Era como una muñeca, inocente, suave, graciosa. Y como ese juguete todo era nuevo, un regalo que no se gastaba. Como pasa siempre a los padres, bendita sea la publicidad, todo aquello que me ofrezcan por el bien de mi hijo, lo quiero y punto. La moto roja, el balón de fútbol y el carrito de muñecas.

El primer día del colegio, con la falda del uniforme hasta los pies. El plumier, o el estuche, ya no recuerdo bien el qué. Un pequeño piano de Casio y su demo, las gomas de Yoplait y el chupachups de Kojak (que esos palitos que mordían con fruición los mayores llevaban droga por lo menos).

Qué divertido era crecer, aprender a montar en bici en el Retiro, con mi BH azul y amarilla, yo quería crecer más, hasta llegar a montarme en tu bici, la flecha plateada. O sentarme contigo en la Vespino, encima de tu regazo, donde la velocidad era como la de un cohete. Donde el tiempo no pasaba. Una partida de ajedrez, a la consola no, que en la tele se veía muy pequeña y te desesperabas. O a las cartas. Espera, que es domingo y hay fútbol en la tele, vamos al cuarto de estar y lo vemos juntos comiendo almendras tostadas.

Papá, he quedado, necesito comprarme ropa. ¿Esto me queda bien? Pareces una princesa, ¡cuánto ha crecido mi niña? Es que ya no soy una niña. Por supuesto que sí, siempre serás mi niña. Vamos juntos en el coche, muerta de los nervios, me dices mil veces que voy preciosa, pero no me lo creo. Llegamos y el coche es la carroza de Cenicienta, dame un beso y deséame suerte. Y allí se aleja tu niña, que ya es una mujercita.

Pase lo que pase, menos mal que está papá, aunque me quitases los ruedines, tú siempre te quedas conmigo hasta que acabe los deberes, o me preguntas una vez más el esquema de historia. Incluso te atreviste a calcar los mapas mudos, que gritaban otra oportunidad porque eso no parecía Europa ni en los tiempos de Pangea. Porque te ponías las vacunas conmigo para que no me dieran miedo las agujas, y resulta que el que estaba aterrorizado del pinchazo eras tú. Pero nunca me lo dijiste.

Tampoco me dijiste que cuando me fui a vivir a Suiza te sentabas en mi cama y abrazabas a mis peluches, por suerte a ti tampoco te paraba nada para estar con tu niña. Aprendiste a usar el messenger, como los adolescentes, y ahí me llenabas de guiños y de zumbidos para saber qué tal mi día. Yo te hablaba de esas tabletas de chocolate de marca blanca del súper, o del Toblerone gigante que te llevaría al volver a casa. El supermercado, el dulce, ese lenguaje secreto, cómplice. Cuántos te quiero por cada onza, por cada galleta tosta rica escondida en el armario.

Ya sé por qué al final no fui teleco, ya sé por qué hice publicidad (como el tío), porque gracias a ella un día podría contar tu historia. Nuestra historia.

Feliz Día del Padre

 

¿Qué le regalabas a tu padre en el cole? Por cierto, si tienes una Bati Cao, escríbeme, tenemos mucho de qué hablar.

 

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3 Comentarios
  • Patricia
    Escrito a las 00:03h, 18 marzo Responder

    Me has hecho llorar mi bella cristina

  • VALENTIN Zafra
    Escrito a las 20:16h, 15 marzo Responder

    Como padre con Hija, agradecerte este post .Esta lleno de sensibilidad.

    • La Becaria
      Escrito a las 19:07h, 16 marzo Responder

      Me alegra que te haya gustado, querido pilier, a veces las hijas también tenemos sensibilidad. Un abrazo

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